Ilha Grande

Ilha Grande: amor a primera vista

Llegué a Ilha Grande y fue amor a primera vista. Hay lugares que te gustan y otros que, nada más poner un pie en ellos, sabes que te van a dejar huella. Y a mí me pasó eso con esta isla.
Para llegar a Ilha Grande cogí Uber des de el aeropuerto de Rio de Janeiro (2-3 horas) sale a cuenta si sois mínimo 3 personas, sinó puedes coger un transfer compartido y una lancha rápida desde la playa  de Conceição y, en unos 20 minutos, ¡ya estaba en Abraão! El trayecto es corto y, en cuanto empiezas a ver la isla acercarse, ya te das cuenta de que has llegado a un sitio muy especial.
Había leído que, si era tu primera vez en Ilha Grande, lo mejor era alojarse en el pueblo de Abraão, porque es donde encontrarás más ambiente, restaurantes, tiendas y movimiento. Y la verdad es que fue todo un acierto. Si quieres tener un poco de contacto social, salir a cenar, tomar algo o simplemente estar cerca de todo, creo que es la mejor opción.
Además, Abraão es un pueblo pequeñito y ¡no hay coches! Y eso le da un encanto increíble. Aquí todo se hace caminando, con calma y sin prisas. Sus calles, el ambiente relajado y esa sensación de estar completamente desconectada hacen que rápidamente entres en el ritmo de la isla.
Para alojarte, encontrarás las famosas pousadas, pequeños hoteles con desayuno con mucho encanto que encajan perfectamente con el ambiente de Ilha Grande. Yo me alojé en la Pousada Bela Vista y fue todo un espectáculo.
Las chicas que trabajaban allí fueron súper amables y estaban siempre pendientes de ayudarte en todo lo que necesitases. De verdad, me hicieron sentir como en casa desde el primer momento.
Y el desayuno… ¡qué desayuno! Cocinaban de maravilla y cada mañana desayunar con vistas al mar era un auténtico lujo. Era un desayuno muy completo y tan bueno que prácticamente podías saltarte la comida después.
Pero si hay algo que recuerdo especialmente de la Pousada Bela Vista es su balcón con vistas al mar. Era precioso. Tanto, que el jet lag terminó convirtiéndose en algo positivo: me encantaba despertarme temprano, coger una mantita, sentarme en el sofá con mi libro y ver amanecer desde allí.
Sin ruido, sin prisas, con el mar delante y un buen libro entre las manos.
Y creo que fue precisamente en esos momentos cuando empecé a enamorarme de verdad de Ilha Grande.

Las playas de la zona de Abraao

¡Las playas de la zona de Abraao me encantaron! Son bonitas y, aunque es verdad que hay bastante más gente, tienen ese encanto especial de poder encontrar bares y restaurantes prácticamente en la arena. Y eso, sobre todo al final del día, tiene mucho encanto: sentarte a tomar algo mientras ves el atardecer desde la playa es un planazo, porque desde allí se ve precioso.
Pero lo que más me gustó fue alejarme un poco de las zonas más concurridas y descubrir algunas playas siguiendo pequeños caminos laterales. Allí el paisaje cambia completamente. Son playas mucho más salvajes, rodeadas de una vegetación exuberante y con unas rocas enormes que me recordaban muchísimo a las imágenes de las Seychelles.
Y lo mejor de todo era la tranquilidad que se respiraba en ellas. Estar allí, rodeada de selva, vegetación y naturaleza, con tan poca gente alrededor, transmitía una paz increíble. De esos lugares en los que te paras un momento y piensas que realmente has encontrado un pequeño regalo en el mundo.
También me encantó encontrar pequeños artesanos en algunas de estas playas, vendiendo productos hechos a mano y cosas muy bonitas. Son esos pequeños detalles que me encanta descubrir cuando viajo y que hacen que el lugar tenga todavía más personalidad.

 

Los famosos micos de Abraao

La gente de allí me pareció súper amable y, justo detrás del pueblo, empieza una selva muy frondosa llena de fauna. Y entre sus habitantes están los famosos "micos", unos pequeños monos con esos característicos pelos en las orejas que son diminutos y muy graciosos.
Lo curioso es que no hace falta irse muy lejos para encontrarlos; durante algunas caminatas, e incluso cerca de los alojamientos, puedes verlos acercándose con toda su curiosidad, como si quisieran cotillear quién ha llegado a la isla. De hecho, donde más vi con diferencia fue durante la caminata por el camino que va desde Pouso hacia la famosa playa de Lopes Mendes. Me llamaron tanto la atención que pregunté a la gente local cómo se llamaban exactamente y me dijeron simplemente "micos" (un nombre que en portugués me resultaba bastante curioso y gracioso para referirse a ellos). Luego, investigando más sobre la especie, descubrí que científicamente se llaman Callithrix penicillata, conocidos popularmente como tití de pincel negro.
Tuve la suerte de ver muchísimos y también algunos micos muy pequeñitos, y me encantaron. Me parecían tan adorables que podía quedarme un buen rato simplemente observándolos. Eso sí, si llevas un plátano en la mano, cuidado, porque lo ven y te lo pueden quitar en cuestión de segundos; son mucho más rápidos de lo que parecen. Para mí, una de las cosas más bonitas de Vila do Abraão fue precisamente esa combinación entre playas preciosas, selva, animales y esa sensación de estar en un lugar todavía muy conectado con la naturaleza.

Islas paradisíacas: Un día entre playas, islas y agua turquesa

Si hay una excursión que me robó el corazón en Ilha Grande fue esta. Un día entero recorriendo islas y playas paradisíacas en barco, alejándonos poco a poco de la zona más turística y entrando en lugares donde parece que el tiempo se ha parado.
Ilha Grande ya es un destino espectacular de por sí, pero recorrerla desde el mar es otra historia. Hay playas a las que únicamente puedes llegar en barco, pequeñas calas escondidas entre vegetación y rincones donde el agua tiene ese azul que parece casi irreal.
Durante el día fuimos haciendo diferentes paradas para bañarnos, descansar, disfrutar del paisaje y, sobre todo, dejarnos llevar. Porque aquí, sinceramente, no necesitas mucho más.
Solo mar, sol, una barca y ganas de descubrir qué hay detrás de la siguiente isla.

Cataguás e Islas Botinas.

La ruta fue una verdadera fantasía de principio a fin. Empezamos navegando hacia Cataguás, que nos regaló una de las mayores sorpresas del día: ¡vimos pingüinos de Magallanes! Sé que suena increíble para este rincón del mundo, pero prometo que es completamente cierto y no pude haber empezado la mañana de mejor manera. Después pusimos rumbo a las Islas Botinas, el clásico punto de parada para hacer snorkel. Aunque para ser sincera no me pareció nada del otro mundo a nivel marino, el chapuzón en sus aguas transparentes siempre merece la pena.

Playa Dentista mi favorita sin ninguna duda.

El plato fuerte llegó al desembarcar en Playa Dentista. Qué lugar tan increíble. Se convirtió al instante en mi playa favorita de la excursión y, sin exagerar, entra de lleno en el Top 5 de las mejores playas que he visto en toda mi vida. La arena, la paz que se respira y la vegetación cayendo sobre el agua son de otro planeta.

Piedade y el bar flotante

Siguiendo la travesía bordeamos Piedade, un pueblecito encantador que destaca por tener una pequeña iglesia preciosa justo a pie de playa, creando una postal superfotogénica. Y para rematar un día inolvidable, pusimos rumbo a Saco do Céu. Allí nos dimos el capricho de parar en su famoso bar flotante para tomar algo en mitad del mar y, como broche de oro, terminamos viendo tortugas que se acercaban curiosas a la embarcación.
Fue un día de esos en los que combinas momentos de pura emoción con ratos de calma absoluta. Porque aquí, sinceramente, no necesitas mucho más para ser feliz.

Lopes Mendes: La joya de Brasil que no te puedes perder

Si hay un lugar que tenía grabado a fuego en mi lista de imprescindibles antes de poner un pie en la isla, era la famosa playa de Lopes Mendes, considerada mundialmente como una de las mejores playas de todo Brasil. Tenía muchísimas ganas de ir también a Aventureiro, pero la marea no lo permitió durante ninguno de los días que pasé allí. Cosas del clima tropical y de viajar respetando la naturaleza... ¡pero no me pensaba ir de Ilha Grande sin pisar Lopes Mendes como fuera!
Para llegar hasta este paraíso la logística tiene su punto de aventura. Primero tienes que coger un taxi-barco o ferry rápido desde Vila do Abraão que te deja en la vecina Playa de Pouso. Y aquí viene lo divertido: desde Pouso no hay barco directo a Lopes Mendes, así que toca hacer un mini trekking de unos 35-40 minutos cruzando la selva para llegar a tu destino.
Sinceramente, la caminata no es difícil si el terreno está seco, aunque tiene una subida curiosa que te hace sudar lo suyo. Eso sí, ¡mucho ojo si ha llovido o si el camino está mojado! En ese caso se vuelve bastante resbaladizo. Mi recomendación de amiga es que vayáis con zapatillas de deporte (bambas) sí o sí para evitar sustos. Aunque claro, luego ves a los locales haciendo el camino totalmente descalzos y con la tabla de surf bajo el brazo como si nada... ¡otra escala de agilidad!
Pero os prometo que cada paso de la caminata vale infinitamente la pena. Nada más cruzar el último tramo de vegetación, la playa te recibe en todo su esplendor: una franja kilométrica de arena blanca finísima que cruje al pisar, agua turquesa cristalina y ese ambiente salvaje que te deja con la boca abierta.
A diferencia de otras calas de la isla donde el agua parece una piscina, Lopes Mendes da a mar abierto y tiene olas bastante potentes, lo que la convierte en el paraíso de los surferos. De hecho, allí mismo en la arena puedes alquilar tablas e incluso contratar clases con instructores si te apetece probar suerte con las olas.
Y como extra mágico, durante la caminata y por los alrededores de la playa no dejas de ver a los simpáticos micos curioseando entre las ramas de los árboles.
Lopes Mendes no es solo una playa bonita: es de esos lugares donde sientes la fuerza de la naturaleza en estado puro. ¡Una parada totalmente obligatoria que se queda para siempre en la memoria!

Las casitas de socorristas de Lopes Mendes

Si el paisaje ya es impresionante de por sí, hay un detalle que le da un encanto único a esta playa: sus casitas de socorristas. Están hechas de madera, pintadas de un rojo súper vibrante y construidas justo en la linde, semiescondidas entre los frondosos árboles de la selva. El contraste de ese color rojo intenso con el verde de la vegetación y la arena blanca queda sencillamente espectacular. Es una postal preciosa e imposible no pararte a hacerle un par de fotos.

Praia de Pouso: El secreto que me robó la calma y el corazón

A veces, en los viajes, caemos en el error de ver ciertos lugares como un simple trámite, un punto en el mapa de paso para llegar a donde "se supone" que hay que ir. Eso me pasó a mí con Pouso. En mi cabeza, esta playa era únicamente el embarcadero donde te deja el ferry para empezar el trekking hacia la famosa Lopes Mendes... pero qué equivocada estaba. Pouso no es un mero lugar de tránsito: es una auténtica maravilla que te frena en seco y te exige quedarte.
Es una bahía pequeñita, recogida, con una calma en sus aguas que te acaricia el alma en cuanto desembarcas. Tiene esa vida local tan auténtica y sin pretensiones que engancha: una barquita convertids en un puestecito súper mono, una chica artesana que prepara unas empanadas argentinas riquísimas con esa sonrisa sincera de quien vive sin prisas, y niños jugando en la orilla con sus tablas.
Las rocas enormes bordeando la arena, la selva casi tocando el agua, las palmeras y esa casita tradicional al fondo le dan un rollo increíble a la playa. Pero lo que de verdad me atrapó fue la luz a última hora de la tarde. En ese momento la playa se tiñe de un color dorado espectacular y se respira una calma brutal.
Pouso es salvaje, es acogedora y tiene una atmósfera de paz tan profunda que me atrapó por completo. La disfruté muchísimo, con los pies en la arena y la mirada perdida en el mar, una de esas playas que no solo visitas, sino que sientes adentro para siempre.